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Museos y galerías ¿Cuáles son las funciones?

Samuel Negredo, gurú de la 2.0 y del periodismo integrado, me envió ayer un simpático enlace a una noticia que, sinceramente, me sorprendió mucho.

El Guggenheim Museum de Nueva York que, actualmente celebra sus bodas de oro desde que Frank Lloid Wright diseñara su polémica rotonda (en homenaje a una parte imprescindible de los museos del S.XVIII), ha decidido vender los cuadros de una de sus más recientes exposiciones: “Contemplating the Void“. Los precios son variados y las obras están valoradas desde unos miles de dólares a un par de millones. ¿Quién dice que el arte no es democrático?

Bromas aparte, esta decisión del Guggenheim de Nueva York presenta una realidad que hace plantearse por qué un museo quiere convertirse en galería. Desde su creación, estos centros se han caracterizado por colgar en sus paredes cuadros de artistas reconocidos que ya presentaban una trayectoria (a veces más dilatada y que otras). Incluso en las exposiciones de artistas noveles, nunca se ha dado la posibilidad de comprar las obras que se visitaban en el museo. El interesado debía ponerse en contacto con el galerista en cuestión para comprar la pieza. Sin embargo, los seguidores de Salomon Guggenheim han decidido cambiar este concepto.

¿Dónde están los límites del museo y dónde empiezan los de la galería? Desde mi punto de vista las dos instituciones tienen cometidos diferentes aunque las dos expongan arte. Dentro de las funciones del museo que el International Council Of Museums (ICOM) fija en su definición de estos centros (exhibir, conservar, investigar, comunicar y adquirir) no aparece la de vender las piezas expuestas. Sin embargo el Guggenheim se ha desmarcado y ha decidido convertirse en galería -quizá en recuerdo a Peggy Guggenheim por la relación que siempre tuvo con Marlborough, o la fundación de Art of this Century– 😉

¿Ha sido una decisión puntual o, como fundación privada que es, la Salomon Guggenheim ha visto un filón en vender las obras expuestas? Habrá que esperar un tiempo para saber la respuesta.

Enlace al artículo enviado por Samuel Negredo:  http://bit.ly/9icDKM

La 2.0 no puede con Csikszentmihaly

Acercarse a la sociedad. Este es uno de los objetivos que los museos vienen persiguiendo desde hace algunos años y que, gracias a Dios, poco a poco van consiguiendo con un aliado infalible: internet.

El Museo Nacional de Arte de Cataluña  (MNAC) anunciaba ayer  la digitalización de parte de las obras más significativas de sus fondos, concretamente 1.900 a las que, en un futuro, se sumarán 280.000 más. A través de la página web del centro, los interesados podrán acercarse hasta el museo mediante la red y ver en sus pantallas qué es lo que este centro ofrece a sus visitantes.

La decisión de la institución no resulta novedosa ya que muchos autores como, por ejemplo, Juan Carlos Rico,  Josep Ballart o Calaf Masachs, venían defendiendo desde años en sus publicaciones la gran oportunidad que a los centros de arte les brindaba la red de redes. Estableciendo una buena relación entre institución y canal, y cuidándola mediante un departamento de Comunicación con parte de su personal dedicado a ello (el paradigma sería el Victoria and Albert Museum), los museos podrían extender sus muros más allá de lo físico. Algunas instituciones como el Museo Nacional del Prado fueron más allá y llegaron a un acuerdo con el gigante Google para poder ver 14 de sus obras maestras en altísima resolución.

Sin embargo, el museo va mucho más lejos de internet. A pesar de que ésta se haya convertido en un canal inmejorable para darse a conocer, para acercarse al mundo, para mostrar al museo mucho más accesible y preocupado por lo que, en realidad, su público espera de él, las instituciones museísticas no pueden quedarse sólo en ello. Conocer unos fondos a través de una pantalla no puede, bajo ningún concepto, convertirse en una nueva forma de descubrir la oferta de esa institución. Los centros de arte deben adaptarse a la web 2.0 pero, al mismo tiempo, sus responsables de Comunicación deberán dirigir estrategias cuidadosamente diseñadas para no infravalorar la visita off-line.

Hasta el momento, y a pesar de todas sus virtudes, Internet no ha alcanzado un desarrollo tal (ni, personalmente, creo que lo haga nunca) para transmitir esa ‘experiencia museística’ de la que hablan expertos como Kotler, y que idealistas como yo relacionamos con la ‘Teoría del Flujo’ de Csikszentmihaly.

Se necesita Tío Gilito

¿Puede un museo autofinanciarse? La pregunta es simple y directa. Y la respuesta también: no.

Si nos circunscribimos al ámbito europeo, existen ejemplos muy claros de lo mal que estas instituciones lo han pasado en diferentes momentos de su historia, cuando los gobiernos de turno han decidido cortar el grifo.

Los museos británicos, por ejemplo, vivieron su época de horror a finales de los 80 con Miss Thatcher. La Prime dio un golpe en la mesa y dijo que se acababan los fondos públicos para las artes y las instituciones museísticas. Sin embargo, en plena situación de crisis, los centros encontraron una oportunidad a la que se agarraron firmemente, lo que les salvó de cerrar sus puertas: se convirtieron en industrias.

Con un papel esencial que jugar en la sociedad, este tipo de instituciones fueron conscientes, por primera vez, de la importancia que tenía preocuparse por sus ‘clientes’. Los visitantes comenzaban a tener valor y, debido a esto, los museos comenzaban a amoldarse a sus necesidades. Aparecieron entonces los departamentos de marketing, y se empezó a apostar por el papel educador de estos ‘templos’. A pesar de resultar una síntesis demasiado breve, en la que se dejan de lado otros aspectos que también llevaron al museo a cambiar y dejar su rigidez, es bastante explicativa del cambio que se dio.

Los museos americanos y británicos manejan unas cantidades espectaculares de dinero que obtienen gracias al fund-raising. Hasta cierto punto, es comprensible que se trata de un hábito cultural. En estos países, la donación de colecciones y de sumas ingentes de dinero (millones de dólares) por parte de grandes empresas o familias acaudaladas es el pan nuestro de cada día. La institución suele quedar eternamente agradecida y para demostrarlo (en los casos de grandes donaciones), bautiza las salas del edificio en el que se instalarán las obras con el apellido de la familia. Y claro está, desde el punto de vista social, uno recibe los aplausos de más de la mitad del Upper-East Side newyorkino.

Sin embargo, los museos públicos españoles deben afrontar una situación diferente. Las partidas cada vez son más pequeñas y deben hacer malabares para estirar estos presupuestos hasta final de año. Sin embargo, no se atreven a dar el paso de buscar financiación privada. Vistos los últimos acontecimientos a la hora de repartir los presupuestos por parte del Ministerio de Cultura, estos centros de arte tienen que comenzar a poner más empeño en la captación de fondos a través de sus departamentos de Comunicación y Marketing. O eso, o tendrán que conformarse con los cuatro duros que recibirán en sus cuentas.

La situación no es fácil pero, guste más o menos, el modelo americano de gestión de museos es el que comienza a imperar en el mundo. Sus centros se crearon imitando a los europeos pero, poco más tarde, volaron por su cuenta. Actualmente la situación ha dado un giro de 180 grados, y son los europeos los que quieren parecerse cada vez más a ellos. El museo está cambiando y, como en otras ocasiones, parece que América lleva ventaja.

Bisontes milenarios

Un dedo pringado en sangre deslizándose por la pared. Es simple, como cualquier inicio, pero impactante. Las cuevas de Altamira (Patrimonio Mundial de la Humanidad desde 1985) volverán a abrirse al público. Las pinturas originales que representan un reflejo del primer arte podrán disfrutarse de nuevo.

Esta mañana el Boletín Oficial del Estado (BOE) publicaba  el Real Decreto 172/2010, de 19 de febrero, por el que se regula el Patronato del Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira. Lo más destacable es que ya conocemos quiénes serán los presidentes del Patronato. El Gobierno ha establecido que ese papel de Presidencia rote cada año entre el Ministro de Cultura correspondiente (actualmente Ángeles González-Sinde), y el Presidente del Gobierno Regional cántabro (Miguel Ángel Revilla). La financiación, como buen museo de titularidad estatal, correrá a cargo del Ministerio de Cultura, así que más le vale al director del museo (José A. Lasheras Corruchaga) encargar souvenirs para la tienda de regalos. Si no es mediante el precio de la entrada, tendrán que buscarse otras formas de conseguir más ayudas económicas.

Por cierto, ni en el Museo de Altamira, ni el Ministerio de Cultura  (mediante la subdirección de museos) se han pronunciado al respecto. Habrá que esperar a que la re-inauguración de la cueva original se acerque para oír más de este centro en los medios.

Carmen Thyssen ‘Superwoman’

Carmen Thyssen-Bornemisza sería una uténtica made-herself woman. En Estados Unidos se la rifarían. De hecho, seguro que la Chamber of Commerce ya le  hubiera dado algún premio por capitanear uno de los museos con menos déficit. Y si no, que levante la mano el primer museo que no sea deficitario. Estas instituciones son como el periodismo: no te acerques a ellos si quieres ser millonario.

‘Si quieres algo bien hecho, hazlo por ti mismo’. Así reza el dicho popular que la Baronesa Thyssen demostró conocer a la perfección anoche en la entrevista que concedió al programa ’24 horas’ de RNE. Carmen Thyssen no tiembla bajo ningún concepto y eso, a mí, me parece admirable. Prescindió de portavoces o de Directores de Comunicación  y se sentó en uno de los sillones de la Sala del Patronato de la Fundación Thyssen para hablar del futuro del museo y de las dos colecciones permanentes que se exponen en él: la de su marido y la suya (que no es tan suya).

Charló más de 25 minutos y no ofreció ningún titular brillante, pero siempre es curioso escucharla (en plazas serias). No quiere llevarse la colección de España; no vende, sino que vuelve a ofrecer la posibilidad del alquiler al Ministerio (durante un cuarto de siglo); no da cifras, y echa flores a su colección (yo también lo hago). De las negociaciones (lo más jugoso de la entrevista) no suelta prenda. Todo está en manos de sus abogados, a los que aprovecha para hacer publicidad un par de veces (por si acaso se ahorra unos euros, que  estamos en crisis) y de los del Ministerio. Confío en que la Ministra de Cultura (tan cinéfila) se olvide de claquetas, puntos de giro y planos, y preste un poco de atención a los museos, que también lo merecen.

Dejo el enlace a la entrevista: Entrevista a Carmen Thyssen